miércoles, 29 de mayo de 2013

Libros-máquinas-guerrilleras-independientes



¿Sabían que muchos de los más conocidos escritores mundiales de los últimos tiempos tuvieron que auto-editar en forma independiente sus obras, que hoy son conocidas como los grandes clásicos de la Literatura Universal?
  ¿Sabían entonces, que muchas de las grandes obras de la poesía y el pensamiento humano fueron auto-gestionadas, y que muchas de ellas fueron rechazadas por las editoriales y los círculos intelectuales dominantes, y hasta en varios casos fueron ignoradas y perseguidas por una o más facciones del sistema: jueces, medios periodísticos hegemónicos, círculos académicos, militares, etc.?
  Algunos ejemplos:
  Edgar Allan Poe, gran escritor norteamericano, autoeditó su primer libro: Tamerlán y otros poemas.
  Walt Whitman –otro gran poeta yanqui- autoeditó su best-seller más célebre: Hojas de hierba.
  Arthur Rimbaud –gran poeta francés- autoeditó también su boom literario: Una temporada en el Infierno.
  Isodoro Ducasse –o Conde Lautreamont- gran poeta uruguayo en lengua francesa- autoeditó sus controversiales y extravagantes Cantos de Maldoror.
  (Ambas obras las de Rimbaud y Lautramont: ni siquiera fueron distribuidas por las imprentas-editoriales a las que pagaron para auto-editarse).
  El gran poeta romántico inglés Percy Shelley autoeditó sus primeros libros de poesía –financiados por su padre más precisamente (incluso su panfleto anarquista La necesidad del ateísmo).
  Antonin Artaud –gran poeta francés- autoeditó sus primeros libros como El arte y la muerte.
  Dos de las grandes novelas norteamericanas modernas como En el camino de Jack Kerouac, y La conjura de los necios, de John Kennedy Toole: fueron rechazadas por más de diez años por las editoriales, y ninguna de las dos novelas de K T fueron publicadas en vida del autor. El hoy multileído y llevado al cine una docena de veces, Philip Dick, también fue varios largos años rechazado por las editoriales comerciales. Y el poeta del rock Jim Morrison también autoeditó sus libros de poemas.
  Trópico de cáncer (que estuvo varios años censurada) de Henry Miller fue auto-editada -en realidad fue garpada por la amante-amiga de Miller, la escritora Anais Nin, que también autoeditaba sus libros- y  los editores se negaban a publicarla.
  Entre otros muchos grandes clásicos del primer mundo que se autoeditaron encontramos a Alejandro Dumas, Ernest Hemingway, Stephen King, Thomas Paine, Upton Sinclair y Mark Twain. Otro gran escritor que se autoeditó en algún momento es el ruso Fedor Dostoiesky, con su revista Diario de un escritor, y así mismo el francés Guillaume Apollinaire. También los poetas surrealistas André Breton, Louis Aragon, Philip Soupault, Paul Eluard, Jean Arp, Francis Picabia, Maurice Blanchard, Roger Vitrac, Benjamin Péret, Marcel Duchamp y muchos más, deben autoeditar sus revistas y libros (La Unión Libre de Breton, ni siquiera lleva nombre de autor ni editor). Así igual  los dadaístas como Tristan Tzara.
  En nuestras tierras, el archiconsagrado Jorge Luis Borges autoeditó su primer libro Fervor de Buenos Aires –garpado en realidad por su padre-. Lo mismo hizo Adolfo Bioy Casares, con sus primeros libros, y la célebre poeta Alejandra Pizarnik autoeditó sus dos primeras obras –también pagados por sus padres. Juan Gelman también autoeditó sus primeros libros –con una cooperativa de poetas amigos-. Y Ernesto Sábato, Oliverio Girondo, Juan Filloy y Antonio Porcchia, entre muchos otros, también siguen en la larga lista de escritores locales autoeditados en su momento, y hoy en manos de las grandes editoriales.
  Entre muchos otros autores latinoamericanos que se autoeditaron encontramos a José Martí, José Lezama Lima, Juan José Arreola; o también coeditándose con editores independientes amigos, están Carlos Fuentes, y Elena Poniatowska, y hasta Julio Cortázar debió pedir a un amigo que financie su primer libro, como edición de autor. Y Héctor Oesterheld, autor de El Eternauta, o Abelardo Castillo, y Raúl Gustavo Aguirre, y hasta el peruano José Carlos Mariátegui, por nombrar otros casos diferentes, también tuvieron que crear sus propias revistas para autopublicarse libremente.
  Pero sepan que esto no es una investigación exhaustiva: hay muchos, muchos más escritores y escritoras que recurrieron a la edición independiente de sus obras. 

“El conjunto de la literatura comercial masiva es de una pobreza lamentable”, decía el filósofo Michel Foucault en uno de sus últimos reportajes, y hoy, treinta años después, la cosa sigue igual o peor: el conjunto de la literatura comercial contemporánea que editan las grandes editoriales caretas, es de una pobreza lamentable, diríamos foucaultianamente, o es una porquería, diríamos artaudianamente: toda esa “gente literaria es puerca y la de esta época especialmente” aseguraba Artaud, con cierta actualidad, hace casi un siglo. Y no por nada Julio Cortázar hablaba de las megacomerciales Ferias del Libro, donde suelen reunirse “la gente literaria”, como “ferias de las vanidades editoriales”.

El fenómeno editorial es verdaderamente moderno, especialmente aparece en el siglo XIX, y crece y se consolida y explota en el siglo XX: los libros antiguos, tales como el Rig Veda, el Popol Wuj, el I Ching, etc., no eran libros comerciales. El negocio editorial es en realidad un negocio capitalista, liberal, alimentando por sus ideales comerciales de rentabilidad y de funcionalidad al sistema. Pero ante todo es un negocio imperial, y no por nada La Biblia es el primer best-seller de la historia mundial. Y cuando una obra literaria cuestiona a la megamaquinaria capitalista imperial, o sus códigos lingüísticos, será primero rechazada, y tardará más en ser aceptada -o fagocitada- por el “mercado”.
  En Argentina más de un centenar de escritores fueron perseguidos y asesinados por la última dictadura militar (aparte de los conocidos Walsh, Urondo, Conti, Bustos, Oesterheld, etc.) en lo que Cortázar llamó un “genocidio cultural”, y sus libros y tantos otros más, fueron prohibidos y quemados por los milicos.
  Decíamos que el fenómeno editorial es capitalista y moderno, pero no así la persecución y prohibición de libros, por el sistema dominante: hubo varias quemas de libros en la Biblioteca de Alejandría, en África, y la más grande fue en el siglo IV, por obra de la persecución fanática de la Iglesia Católica aliada al Imperio Romano: ellos quemaron los libros de los gnósticos paganos y otros autores herméticos y esotéricos, cuyas palabras, poemas e ideas, cuestionaban las bases de la sociedad católica-imperial, y esas persecuciones y quemas de libros desembocarían en el período más oscuro –intelectual-cultural y científicamente- de Europa y el Viejo Mundo: el Medioevo, y durante la Inquisición se siguieron quemando pilas y pilas de libros subversivos (además de brujas y alquimistas). 
  Otra gran quema masiva de libros sucedió en los siglos XV y XVI, cuando los conquistadores europeos invadieron nuestras tierras indoamericanas. Se quemaron códices y rollos de libros (wuj, los llamaban los mayas) de nuestros pueblos originarios, por los “curitas” cristianos, y después la historia oficial nos engañó diciendo que eran pueblos salvajes sin escritura. Muchos de esos códices fueron secuestrados por curas y banqueros, y hoy permanecen ocultos o son propiedad privada de Universidades o del Vaticano.
  El otro gran antecedente que tienen las quemas de libros revolucionarios y valiosos, fue durante el nazismo, durante la segunda guerra mundial, ya que Hitler también mandó a secuestrar y quemar millones de libros subversivos. Y en la guerra fría o tercera guerra mundial, con el macarthismo en EEUU, también se persiguió y se mandó a quemar libros como los del psiquiatra Wilhelm Reich, que también autoeditaba sus libros reevolucionarios. Pero no sólo el capitalismo y el nazismo quemaron libros “peligrosos” inquisitoriamente, y encerraron a sus autores, el bloque soviético comunista también persiguió escritores y quemó varios libros subversivos.

Actualmente tenemos una suerte de persecución neoliberal silenciada de los grandes medios así como de los oficiales, que prefieren ignorar a los libros independientes (y además a este movimiento artístico y a la vez red continental de ferias de libros independientes autogestivas que es la FLIA). Tal es lo que pasa con la gran mayoría de libros independientes, que prácticamente no tienen eco en las cadenas de librerías comerciales ni en sus ferias de vanidades, ni en los suplementos y revistas literarios de los grandes medios de desinformación, ni en los pocos programas de radio y TV oficiales del tema.   
  Esto no es una alucinación paranoica: la Historia nos demuestra que la persecución de ciertos libros que el sistema imperial prefiere estén al margen o desaparezcan, es sistemática y lleva miles de años. El libro- o ciertos libros agitadónicos: son un arma peligrosa, un antídoto contagioso contra el virus occidental que oxida mentes. (De hecho en las últimas ferias del libro oficiales en Estados Unidos, los escritores independientes denunciaron públicamente que fueron discriminados y censurados.)

Los filósofos Gilles Deleuze y Félix Guatari hablaban de libros-máquinas-de-guerra que cuestionaban al sistema. Cuando hablamos de libros independientes –del tercer mundo, como el nuestro- preferimos pensar en libros-máquinas-guerrilleras.
  Y Foucault hablaba del libro como una caja-de-herramientas para combatir al Biopoder Sistemafioso.    

Entonces cuando se acerquen a la FLIA o a alguna obra literaria-intelectual auto-editada por su autor o autora, o por alguna nueva editorial independiente, y poco conocida, acuerdensé esto: que el negocio editorial es una gran farsa -así como los suplementos y programas culturales que viven de hacerle propaganda-, que ahora se llenan de plata con las obras que alguna vez rechazó (por décadas o más tiempo). Y que así como en otros tiempos rechazaba las mejores obras literarias e intelectuales de su tiempo: hoy lo sigue haciendo. Y por eso esas obras hay que buscarlas en lugares como la FLIA, entre ediciones baratas de escritores independientes que se autogestionan. Ahí encontrarán algunos de los libros-máquinas-guerrilleras que harán arder este sistema. Porque como bien saben hace miles de años las autoridades y los artistas, la cultura puede ser conformista o subversiva, “puede consolidar o derrocar regímenes” (Edgar Montiel). 

Xuan Pablo González
Integrante de la Comisión Prensa y Difusión de la FLIA


 

2 comentarios: